El Castigo del Cuervo Blanco


Nos cuenta Ovidio en su Metamorfosis que “en toda Tesalia no había mujer más bella que Corónde”, la hija de Flegias, el rey de los lapitas. El dios Apolo, admirado por la hermosura de la muchacha no pudo evitar sentirse atraído por ella. 

Sin embargo, teniendo que marchar a Delfos para atender unos asuntos, se despidió de su amada, dejando un cuervo para que la vigilara. Poco tardó la bella Corónide, a pesar de que ya estaba embarazada de Délfico, en dar rienda suelta a su pasión con el que desde hacía tiempo le quitaba el sueño : el joven Isquis.

Algunos dicen que Apolo, ya antes de partir de viaje, se había enterado del engaño. 

Otros, apuntan a que fue su vigilante el que le dio la triste noticia. 

Ovidio apunta que a Apolo  se le cayó el laurel al escuchar el crimen de su amante, y a la vez se le escapa el plectro y se le muda el semblante y el color; conforme le hervía el corazón de exaltada cólera, toma sus armas habituales, y el arco doblado por los extremos atravesó con certero dardo aquel pecho que tantas veces había estado unido a suyo”.

Pausanias, sin embargo, nos dice que fue Artemisa, la enterada de la deshonra de su hermano, mató a la joven. Sea como fuere, cuando la muchacha estaba siendo incinerada, Hermes fue el encargado de sacar la pira funeraria donde ardía el cuerpo de la infiel al niño del que estaba preñada. Apolo lo llamó Asclepio y le encomendó a Quirón para que le enseñara el arte de la medicina.


El Olímpico, poco tiempo después, arrepentido por haber sido desabordado por una ira que le llevó a acabar con la vida de la mujer que amaba, maldijo y castigó al cuervo, portador de la mal noticia, tornándole, tanto a él como a su descendencia antes “blanco como la pata y de las alas de nieve” en un ave negra, privándole, por tanto, de su puesto entre las aves blancas: “SU LENGUA CHARLATANA LE PERDIÓ”.






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